Cuando el clima y el mercado cambian: reflexiones desde la caficultura colombiana.
Clima variable, mercado dinámico y tasa de cambio exigente: claves para entender el momento actual del sector cafetero colombiano.
📅 25 de marzo, 2026

Finalizando el año 2025 y durante estos primeros meses del año 2026, he tenido la oportunidad de visitar fincas cafeteras en diferentes departamentos del Eje Cafetero colombiano. En cada conversación con productores, resuena algo que me ha tenido muy pensativo todos estos días y es una sensación de preocupación por las lluvias persistentes, incertidumbre por la volatilidad de los precios del café, la valorización del peso ante el dolar, y una sensación compartida de estar navegando un momento complejo del que no se tienen muchas certezas. Aunque cada caficultor enfrenta realidades particulares de suelo, altura y variedades, todos coinciden en que 2025 dejó lecciones difíciles y 2026 plantea interrogantes urgentes.
El primer semestre de 2025 quedará registrado como uno de los períodos más lluviosos en décadas. Las precipitaciones superaron el promedio histórico en hasta 50% en algunas zonas productoras. Este exceso de humedad y nubosidad afectó directamente las floraciones que se vieron descoordinadas, incompletas o simplemente débiles. Sin una floración robusta, la formación de frutos se compromete desde el inicio, y eso se traduce inevitablemente en menores volúmenes de cosecha.
Yo vi cafetales encharcados donde antes nunca se encharcaban, vi caminos intransitables que llevaban semanas sin poder recibir un camión, vi frutos que se caían antes de tiempo todavía verdes, porque la planta no podía sostenerlos con tanta agua, vi productores con las manos en la cabeza, literalmente, parados en medio de su cafetal mirando el daño sin saber qué hacer.
Hace unos días, en una de mis visitas en Caldas, don Hernando me llevó a recorrer los lotes de su finca, y en toda su experiencia como productor de más de 40 años trabajando café, me decía que ha visto de todo: sequías, plagas, crisis de precios, violencia en los años duros, pero que esto lo desconcertaba, pues nos paramos frente a un lote que normalmente es su orgullo, el que siempre produce más, y observamos plantas débiles y con hojas amarillentas en la parte baja por exceso de humedad.
“Mire”, me dijo señalando las ramas, “cuando la floración sale descoordinada, uno ya sabe que la cosecha va a empezar a tener problemas. Las matas florecen un poquito, después nada, después otro poquito.Necesitamos floraciones completas y parejas. Aquí tuvimos como tres floraciones diferentes. ¿Cómo hago para cosechar eso? Cuando unos frutos están pintones, otros apenas están cuajando, esto incrementa mis costos de mano de obra y tambien me genera ineficiencia en el proceso.
Tenía toda la razón: La floración del café es un momento crítico que necesita un estrés hídrico moderado, es decir, periodos secos marcados, seguidos de lluvias para que la planta florezca masivamente. Pero cuando llueve todo el tiempo, ese mecanismo se rompe y las plantas solo buscan cumplir una de sus misiones más importantes: preservar la especie y es ahí donde a través de estas condiciones, las floraciones salen escalonadas, débiles e incompletas, y sin una buena floración hay una afectación directa con la producción lo que se traduce en que no hay buena cosecha y por lo tanto no hay buenos ingresos.
Lo más incómodo de la visita no fue únicamente observar el cultivo afectado, ni siquiera la sensación general de malestar entre los productores, fue ver la impotencia en sus rostros. Frente a la sequía, aún hay herramientas y soluciones como: riego, coberturas, mulch; frente a plagas y enfermedades, también existen respuestas técnicas como el manejo integrado, los controles biológicos o, si es necesario, aplicaciones dirigidas de fungicidas. Pero ante el exceso de lluvia, el margen de acción se reduce drásticamente, no se puede poner un techo sobre cinco hectáreas de café, ni se le puede pedir al cielo que no llueva. Esa es, quizá, la parte más difícil de asimilar: cuando el problema no es la falta de tecnología o de conocimiento, sino la magnitud de una variable climática que desborda cualquier capacidad de control.
Los números confirman el impacto: en enero de 2026, Colombia produjo 893,000 sacos de café, lo que representa una caída del 34% respecto al mismo mes del año anterior. El cierre de 2025 nos dejó una producción de 13.67 millones de sacos, un descenso del 2% frente a 2024. Aunque esta variación puede parecer moderada en términos agregados, en campo se vive de manera más pronunciada, pues ese 2% promedio nacional esconde realidades dramáticas en departamentos específicos. Sobre todo en Antioquia, Caldas y Risaralda, donde el golpe fue más duro, con municipios donde la caída fue entre el 15 y 20%.
Doña Amparo, en una finca en Jardín Antioquia, me mostró sus registros, y eso que ella es de las organizadas, de las que apunta todo en un cuaderno, desde: cuánto fertilizante compró, cuántos jornales pagó, cuántos kilos cosechó cada mes. "Mire", me dijo pasando las páginas, "enero de 2024: 42 cargas. Enero de 2025: 28 cargas. Enero de 2026: 19 cargas. ¿Usted ve las diferencias? Y los costos no bajan, los costos suben".
Al final del día, son demasiados los factores que hoy confluyen en lo que bien podría calificarse como un momento crítico. El propio ciclo fisiológico del cafeto juega un papel determinante: el cultivo alterna naturalmente años de alta producción con años de carga moderada. Después de una cosecha abundante, la planta requiere un periodo de recuperación para restablecer reservas y equilibrar su estructura productiva, lo cual es un comportamiento biológico normal.
El problema surge cuando ese “año de descanso” coincide con eventos climáticos extremos. Si a la menor carga fisiológica se le suman lluvias excesivas, baja radiación y dificultades sanitarias, lo que debería ser un ajuste natural del ciclo se transforma en un año de presión económica.
De cara a 2026, las proyecciones técnicas de la Federación Nacional de Cafeteros estiman una producción cercana a 12 millones de sacos, alrededor de 1,7 millones menos que en 2025, lo que representa una caída aproximada del 12 %. No es solo una cifra estadística: el café es el sustento de cerca de 540.000 familias en Colombia. Cuando el volumen nacional se contrae en ese nivel, no se trata únicamente de una variación productiva, sino de una tensión estructural para uno de los pilares económicos y sociales del país.
Mientras Colombia enfrenta dificultades climáticas y pronósticos reservados en escenarios complejos, Brasil se prepara para una cosecha histórica. Según la Compañía Nacional de Abastecimiento (Conab), la producción brasileña en 2026 podría alcanzar 66.2 millones de sacos, un crecimiento del 17.1% respecto al año anterior, esta cifra superaría el récord histórico de 2020 (63.1 millones) y para que se hagan una idea de la magnitud: eso es más de cinco veces lo que Colombia va a producir este año. Si juntáramos toda la producción de café de Colombia, todavía nos faltarían otros cuatro países como Colombia para igualar lo que Brasil va a cosechar este año.
Y no se trata solo de volumen, sino también de composición, pues de esos 66,2 millones de sacos, aproximadamente 44,1 millones corresponden a arábica, un crecimiento cercano al 23 % frente al año anterior, mientras que 22,1 millones son robusta, con un aumento del 6,4 %. Esta diferencia no es menor. El arábica, que es el tipo de café que produce Colombia, suele destacarse por su mayor complejidad aromática, mejor acidez y perfil en taza más fino, por lo que domina el mercado de cafés diferenciados y de especialidad. El robusta, por su parte, tiene mayor contenido de cafeína, más cuerpo y un perfil más intenso; es ampliamente utilizado en café soluble y en mezclas comerciales, además de ser clave en muchas formulaciones de espresso por su aporte de estructura y crema.
Más que una competencia entre calidades, se trata de especies con características y mercados distintos, cuya proporción en la oferta global influye directamente en precios, sustituciones y dinámicas comerciales. Que Brasil tenga un crecimiento del 23.3% el arábica no es una buena noticia para Colombia, porque competimos directamente en ese segmento. Cuando hay abundancia de arábica brasileño en el mercado, los compradores tienen opciones, y cuando tienen opciones, los precios tienen una tendencia a disminuir.
El mercado lo sintió de inmediato: en febrero de 2025, el precio del café colombiano en la Bolsa de Nueva York tocó USD $4.00 por libra, un nivel histórico. Sin embargo, esa euforia fue breve. Para mediados de año, el precio había caído a USD $2.80, y aunque se recuperó parcialmente hacia los USD $3.50, la volatilidad se mantuvo presente. Al cierre de enero de 2026, el precio rondaba los USD $3.45 por libra. ¿Y qué pasó? ¿Por qué esa montaña rusa? Pasó Brasil y con el pasaron las proyecciones de cosecha récord, ocurrió que los traders, los especuladores, los fondos de inversión que mueven el mercado, empezaron a anticipar que iba a haber abundancia, y cuando hay abundancia, o se espera que la haya, los precios caen.
También influyó Vietnam, el principal productor de robusta del mundo, pues ellos tuvieron problemas climáticos en 2024 y 2025, lo que sostuvo los precios del robusta en niveles altos, pero para 2026 se espera que su producción se recupere y entre más oferta de robusta también se ejerce presión a la baja del arábica, porque muchos tostadores pueden sustituir un porcentaje de arábica con robusta en sus mezclas.
Además del clima y los mercados internacionales, los caficultores colombianos enfrentan un factor económico que erosiona sus ingresos: la revaluación del peso colombiano. A principios de 2025, la tasa de cambio rondaba los $4,409 pesos por dólar. Al cierre del año, había caído a $3,757 pesos por dólar, una revaluación de aproximadamente 14.8% en el año. En febrero de 2026, la tasa se ubica alrededor de $3,641 pesos por dólar, hagan la cuenta: el peso se revalorizó casi un 15% en un año.
"¿Y qué tiene que ver eso con el café?", me preguntaría alguien que no conoce el negocio, pero tiene que ver todo. Absolutamente todo. Se los explico con un ejemplo real y concreto: Imaginemos que yo cosecho 10 cargas de café, una carga son 125 kilos de café pergamino seco, esas 10 cargas las vendo al precio internacional, que en este momento está en USD $3.45 por libra de café verde, después de procesar, una carga de pergamino rinde aproximadamente 100 kilos de café verde, que son 220 libras. A USD $3.45 por libra, cada carga me genera aproximadamente USD $759. Las 10 cargas: USD $7,590. Ahora bien, si esos USD $7,590 los hubiera cambiado en enero de 2025, cuando el dólar estaba a $4,409 pesos, habría recibido $33’464,910 pesos. Pero si los cambio en febrero de 2026, con el dólar a $3,641 pesos, recibo $27’635,190 pesos.
¿Cuál es la diferencia? $5'829,720 pesos. Casi seis millones de pesos que desaparecieron, no porque yo haya trabajado menos, no porque mi café sea de peor calidad, no porque haya cometido un error… Simplemente porque el peso se revalorizó. Seis millones de pesos es el salario de cuatro meses de un recolector, es lo que cuesta renovar media hectárea de café, es la cuota de seis meses del crédito que muchos productores tienen en el banco y es simplemente la diferencia entre terminar el año en positivo o en negativo. Para un caficultor que vende su producto en dólares y convierte a pesos, esto significa una pérdida directa de ingresos. Según estimaciones del sector, cada carga de café pierde entre $500,000 y $550,000 pesos colombianos solo por efecto cambiario.
Germán Bahamón, gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros, lo expresó con claridad: “Para un país que vive de producir y exportar, una revaluación tan rápida tiene un costo real: perdemos competitividad y se reducen los ingresos de quienes generan divisas”. Y no es solo el café el que está sufriendo: once gremios exportadores como flores, banano, aceite de palma, textiles y en general todo el sector exportador han alzado la voz para decir lo mismo: la política de endeudamiento externo del gobierno está fortaleciendo artificialmente el peso y destruyendo la competitividad del sector productivo.
¿Qué está pasando? El gobierno está pidiendo plata prestada en el exterior, dólares que entran al país y se tienen que convertir a pesos, esa entrada masiva de dólares hace que el peso se fortalezca, es la ecuación de oferta y demanda básica. Pero ese fortalecimiento del peso no refleja la realidad productiva del país ya que es artificial, es temporal y está afectando en mayor medida a los exportadores.
Cuando le explico esto a la gente de la ciudad, muchos no lo entienden. "¿Pero no es bueno que el peso esté fuerte?", me preguntan. Les respondo: "Bueno para quién. Para el que importa, sí, pero para el que produce y exporta, no".Mientras los productores pierden por la revaluación del peso, los costos de producción no retroceden, el salario mínimo aumentó y aunque a la fecha hay incertidumbre con lo que pueda ocurrir, los insumos incluyendo los fertilizantes están más caros porque dependen del precio internacional del petróleo y del gas, los transportes subieron y las tasas de interés para créditos se mantienen alrededor del 10.25%. Los productores enfrentan una tijera financiera: ganan menos por cada dólar exportado, pero gastan más en cada insumo comprado.
Hay un un factor más que suele pasar desapercibido para el consumidor final, pero que es crítico para entender la dinámica de precios y es el nivel de inventarios globales de café. Al cierre de 2025, los inventarios mundiales se ubicaron en 20.1 millones de sacos, una cifra que apenas alcanza para abastecer el consumo mundial durante mes y medio. Este es el quinto año consecutivo en que los inventarios disminuyen. Los inventarios certificados en la Bolsa de Nueva York cayeron a 771,576 sacos en marzo de 2025, niveles no vistos en años. En Londres, donde se negocia el café robusta, los inventarios bajaron a 1.13 millones de sacos. Esta situación hace que el mercado opere con el mínimo colchón posible, amplificando la volatilidad de precios ante cualquier noticia climática o logística.
La paradoja es evidente: inventarios bajos que teóricamente deberían sostener precios altos, pero una proyección de producción récord en Brasil que contrarresta esa presión. El mercado oscila entre el nerviosismo por la escasez de reservas y el alivio por la llegada de café fresco brasileño. Esta dualidad define el tono especulativo que domina las cotizaciones actuales. Mi objetivo como profesional del agro no es solo entender las plantas desde su agronomía más pura, sino también ser una fuente de comunicación con conocimiento, con criterio y que al final más que traer unas cifras que nos alarmen poder reflexionar sobre lo que considero puede mejorar y que hacer para mitigar un poco esta compleja situación del Café colombiano en la actualidad. Por lo anterior, mi reflexión la baso en un concepto del que ya se está hablando bastante: Resiliencia climática que invita a los productores a adaptarse y recurrir a herramientas que les permitan seguir produciendo pero no de la misma manera, es inevitable que el cambio climático siga ocurriendo y con ello las probabilidades de aumento en las temperaturas, la ocurrencia de eventos extremos como el que vimos hace unos días en Córdoba y cambios en regiones sensibles como los polos, que generan efectos adversos en nuestro país y el mundo, lo que nos obliga si o si a cambiar.
Pero ¿Qué significa resiliencia climática en términos reales? Significa que tu finca pueda soportar tres semanas de lluvia sin que se te pudran las raíces del café, significa que cuando venga una sequía inesperada de dos meses, tus plantas no se mueran, que las fluctuaciones extremas de temperatura no destruyan tus floraciones o que tu sistema productivo tenga la flexibilidad para absorber choques climáticos sin colapsar. Hay una estrategia que está emergiendo con fuerza entre los productores más innovadores y que tiene el potencial de cambiar radicalmente la forma en que producimos café en Colombia: los sistemas agroforestales.
Pero ojo, no estoy hablando de simplemente sembrar unos árboles dispersos en el cafetal porque se ve bonito o porque viene un funcionario de la alcaldía a decir que hay que sembrar árboles. Estoy hablando de sistemas agroforestales diseñados, planificados, manejados técnicamente para cumplir funciones específicas. Aquí van algunos elementos clave que basado en lo que he visto en las fincas que mejor están manejando esta crisis climática en un sistema resiliente:
- Sombra regulada estratégica: no cualquier árbol en cualquier parte, árboles que fijan nitrógeno (nogal cafetero, guamo, carbonero), espaciados para dar 30-40% de cobertura. Esto regula temperatura, mantiene humedad del suelo, reduce evaporación, protege de granizadas y heladas. Don Alberto en Caldas me explicó: "Con el sol directo todo el día, cuando hay sequía el café sufre mucho y cuando hay calor excesivo se estresa. Con la sombra adecuada, la planta aguanta mejor los momentos extremos."
- Barreras vivas y coberturas: Vetiver, citronela, king grass en curvas a nivel, controlan erosión, filtran agua, aportan biomasa, en pendientes fuertes, esto no es opcional. Vi fincas donde después de un aguacero fuerte el lote sin barreras vivas había perdido 20 centímetros de suelo en algunos puntos y los lotes con barreras intactos.
- Diversificación de ingresos integrada: no se trata solo de tener café y aparte otra cosa, se trata de que todo funcione junto:Plátano que da sombra temporal y alimento, aguacate que da sombra permanente e ingresos, cítricos en bordes e incluso un sistema circular que involucre producción de gallinas que funcionen como una fuente de insumos en los cultivos.
- Manejo de agua inteligente: canales de drenaje donde sobra agua, cosecha de agua de lluvia donde falta, infiltración en vez de escorrentía y mulch para retener humedad.
- Suelos vivos, no suelos muertos: materia orgánica constante, compostaje en finca, microorganismos eficientes, cero labranza. Un suelo sano con buena estructura puede absorber el doble de agua sin encharcarse y retenerla el doble de tiempo sin secarse.
- Cafés de especialidad: procesar café en microlotes para acceder a mercados que valoran trazabilidad y calidad diferenciada, con márgenes superiores.
- Cooperativismo: asociarse con otros productores para negociar mejores precios, acceder a créditos más baratos y compartir infraestructura de beneficio.
- Gestión de riesgos: aunque aún poco difundidos entre pequeños productores, los contratos a futuro y coberturas cambiarias gestionadas colectivamente pueden mitigar volatilidad.
- Certificaciones: obtener sellos de sostenibilidad, orgánico o comercio justo que abren puertas a compradores dispuestos a pagar primas por responsabilidad ambiental y social.
- Renovación de cafetales: sembrar variedades resistentes al cambio climático y enfermedades, como Castillo o Cenicafé 1, aprovechando programas de renovación subsidiados.
- Uso de herramientas tecnológicas: HARVIS, un agente de inteligencia artificial especializado en agricultura y ganadería, que está permitiendo a los productores monitorear en tiempo real variables climáticas, registrar datos de producción, analizar costos y proyectar escenarios futuros.
HARVIS facilita el acceso al análisis que antes requerían extensionistas o consultores externos. Desde un celular o tablet, el caficultor puede consultar tendencias de precios, recibir alertas climáticas específicas para su zona, llevar registros de floraciones y cosechas, y obtener recomendaciones personalizadas sobre manejo agronómico. Esta democratización de la información técnica es especialmente valiosa para pequeños y medianos productores que no cuentan con equipos de gestión especializados. Además, herramientas como esta permiten construir bases de datos históricas de cada finca, facilitando la trazabilidad que cada vez más mercados internacionales exigen. En un contexto donde la Regulación de Deforestación de la Unión Europea (EUDR) entrará en vigor a finales de 2025, contar con registros digitales verificables puede ser la diferencia entre acceder o no a mercados premium. Pero, las estrategias individuales que menciono aquí no solo son exclusivamente del productor, también necesitan de un entorno institucional favorable, si Colombia quiere seguir siendo un referente del Café en el mundo, necesita brindar acompañamiento para que los caficultores resilientes continúen con su sistema productivo:
- Del gobierno: una política cambiaria que no destruya la competitividad exportadora, créditos con tasas razonables y líneas de emergencia para afectaciones climáticas gestión fiscal responsable que evite revaluaciones artificiales del peso, y establecimiento de normativas que controlen las alzas de precios en los insumos agrícolas.
- De la Federación: activación ágil del Fondo de Estabilización cuando los precios caen bruscamente, comunicación transparente con mercados internacionales y mayor apoyo técnico en campo para implementar sistemas de manejo climático.
- De cooperativas y asociaciones: facilitar acceso a mercados de especialidad, capacitar en nuevas técnicas de procesamiento, gestionar colectivamente coberturas de precio y riesgo cambiario.
- Del sector privado: pagar precios justos que reconozcan calidad, no aprovechar momentos de debilidad para comprar a precios de remate, invertir en infraestructura de almacenamiento y procesamiento en zonas cafeteras.
- De la investigación: desarrollar variedades aún más resistentes al cambio climático., investigar sistemas agroforestales que integren café con otras especies, generar estudios específicos por zona cafetera con recomendaciones prácticas.
Esta tormenta, como todas las tormentas, va a pasar, las crisis macroeconómicas eventualmente se resuelven, de una forma u otra. Lo que va a quedar cuando pase es lo mismo que ha quedado después de todas las crisis anteriores: la capacidad de innovar, de resistir, de adaptarse, de seguir creyendo en el café como proyecto de vida. Y en eso, los caficultores colombianos siguen siendo expertos.
Porque al final del día, cuando vuelvo de las fincas con el pantalón lleno de pantano hasta las rodillas, las botas pesadas de barro, el cuerpo cansado pero el alma llena de historias, entiendo algo que antes no entendía completamente: "El café no es solo un cultivo. Es mucho más que eso".
Es identidad, es saber de dónde vienes, qué hicieron tus abuelos, qué vas a dejarles a tus hijos. Es el orgullo de decir "yo soy caficultor" y que eso signifique algo. Es resistencia, es seguir ahí cuando todo indica que deberías rendirte, es levantarte después de una cosecha mala y volver a sembrar, es creer que el próximo año va a ser mejor, aunque el año pasado pensaste lo mismo y no fue cierto. Es comunidad, es los vecinos que se ayudan en la cosecha cuando a uno no le alcanza la mano de obra, es los comités municipales donde se discuten problemas comunes, es compartir conocimiento: "a mí me funcionó esto, ensaye" es saberse parte de algo más grande que la propia finca. Es territorio, es conocer cada loma, cada quebrada, cada lote de tu finca con una intimidad que solo da el trabajo constante, es saber dónde pega más el sol, dónde se acumula el agua cuando llueve, dónde florece primero el café. Es cultura, es el paisaje cultural cafetero que la UNESCO reconoció. Es la arquitectura de las casas cafeteras, arriería, trova, el festival del café y todas las expresiones culturales que nacieron alrededor de este cultivo. Y eso, todo eso, no se cotiza en la Bolsa de Nueva York, no aparece en los modelos econométricos del gobierno, no entra en los cálculos de los traders que compran y venden contratos de café sin haber visto nunca un cafetal. Pero existe, es real y es lo que nos mantiene aquí cuando los números fríos dirían que deberíamos irnos. Entonces sí, esta temporada está difícil. El próximo año probablemente también. Hay problemas estructurales que van a tomar años en resolverse, si es que se resuelven. La revaluación no va a cambiar de la noche a la mañana. Brasil va a seguir siendo un gigante. El cambio climático va a seguir haciendo las lluvias más impredecibles. Pero mientras haya caficultores dispuestos a seguir intentándolo, el café colombiano va a estar ahí. Porque aprendimos hace mucho que las crisis no son el final, son parte del camino... Y el camino sigue. Nos vemos en las fincas. Con barro en las botas y café en las manos. Ese es nuestro lugar. Y ahí seguimos.